Los mercados de abastos han sido el centro de la actividad social y económica de muchas localidades durante décadas. Prueba de ello es la existencia en el centro de las ciudades y pueblos de edificios de gran valor arquitectónico, concebidos para acoger mercados permanentes u ocasionales. La mayoría de ellos fueron proyectados y erigidos en las épocas de mayor crecimiento comercial de las ciudades a lo largo del siglo XX.
Mercado Central Zaragoza
Al ir surgiendo nuevos modelos de tienda de alimentación, primero los supermercados y luego los hipermercados, los mercados de abastos fueron entrando en decadencia, y los cierres o abandonos de los espacios de mercado se multiplicaron.
En España hay un buen número de mercados que merecen nuestra atención, tanto por la vistosidad de sus productos como por sus propios edificios. Algunos, como el Mercado de San Miguel de Madrid, el Mercado de Colón de Valencia o la Lonja del Barranco de Sevilla, se han convertido en auténticas experiencias gourmet donde los puestos han quedado en un segundo plano, pero otros, se han mantenido como auténticas plazas de abastos donde, aunque siempre se puede picar algo, las fruterías, verdulerías, queserías, chacinerías, pescaderías o carnicerías siguen siendo sus principales protagonistas.
La Boquería en Barcelona. Por mucho que pasen los años, del mercado de La Boquería se desprende la cultura catalana en su máximo esplendor. Es uno de los más famosos del mundo y de eso nos daremos cuenta en cuanto nos aproximemos a sus inmediaciones. Color, olor y sabor son los tres pilares sobre los que sustenta el principal mercado de la Ciudad Condal. Un lugar lleno de turistas y de barceloneses que se ha convertido en uno de los mejores lugares para visitar de la capital catalana.

Mercado de Abastos de Santiago de Compostela. Del Mercado de Abastos afirman que es el segundo lugar que más se visita en la ciudad gallega de Santiago de Compostela –después de su catedral, como es obvio–. Un gran surtido de comida que hará las delicias de los gourmets más expertos.

Mercado de Antón Martín en Madrid. Tenemos que volver a la capital española para disfrutar de un lugar que, en según qué momentos, se convierte en una auténtica fiesta. Uno de los clásicos de Madrid que no nos cansamos de visitar.

Mercado de As Burgas en Ourense. Una sucesión de puestos repletos de quesos, carne y fruta que enamorará a cualquier visitante. El de As Busgas es uno de los más emblemáticos del territorio español.

Mercado Central de Salamanca. La riqueza de la capital del Tormes queda plasmada sobre un mercado repleto de personalidad. Construido en el año 1909 y reformado recientemente, el Mercado Central de Salamanca forma parte del patrimonio de la bella ciudad castellanoleonesa.

Mercado Central de Abastos de Jerez. La Plaza, como se le conoce de forma amistosa, es uno de los mejores sitios para degustar la comida tradicional del lugar. Desde langostas hasta acedías, pasando por gambas o cualquier alimento gastronómico que se nos ocurra, hacen del Mercado Central uno de los lugares repletos de encanto.

Mercado de San Blas en Logroño. Desde 1930, año de inauguración, es uno de los edificios más queridos de la ciudad. Allí podríamos pasarnos horas degustando y comprando lo mejor de la gastronomía riojana.

Mercado Central de Valencia. La esencia de la ciudad de Valencia sobre un mercado repleto de historia. El Mercado Central es de esos lugares que uno no se cansa de visitar. Conviene ir pronto, pues enseguida se llena de gente, pero su visita es más que obligada si queremos visitar la capital del Turia en su máxima expresión.

Mercado de San Miguel en Madrid. Tenemos que desplazarnos hasta Madrid para encontrarnos ante uno de los mercados de los ‘de toda la vida’. Un auténtico icono de la cultura gastronómica madrileña (que no es poca). En el Mercado de San Miguel podremos encontrar, casi literalmente, cualquier cosa relacionada con la gastronomía que se nos ocurra.

Y por último, nuestro querido Mercado Central de Zaragoza. Más de 75 paradas en uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. El Mercado Central de Zaragoza se abrió en el año 1903 y ha sido reformado recientemente, posicionándose como una auténtica referencia gastronómica.

Los mercados de abastos son una parada obligatoria en la ciudad.
Algo tienen los mercados que, además de reunir a sus vecinos, también atraen a turistas llegados de cualquier parte del mundo. De hecho, para muchos viajeros no hay visita completa a una ciudad si no se conoce su mercado, el lugar perfecto donde ver y conocer los productos de cada región, y aprovechar además para llevarse un recuerdo gastronómico.
En los últimos años, con el aumento del turismo urbano, proliferan los mercados que han cambiado la composición de su oferta, y en el que los tradicionales puestos de productos de alimentación han dejado su sitio a puestos especializados orientados al turista o a ofertas de hostelería mejor o peor integradas en el mercado. Claro ejemplo es el mercado de la Boqueria en Barcelona, que ya en 2017 promulgó un cambio para evitar el crecimiento del comercio al turismo en desuso del producto local. Aún así, es uno de los mercados más visitados del mundo.
La tendencia de algunos mercados tradicionales hacia el cambio
En un momento en el que los operadores tradicionales de los centros comerciales están desembarcando en el centro de las ciudades y en el que los modelos de supermercado más ligeros y próximos son la apuesta más segura de todas las marcas, los mercados de abastos aparecen como una nueva oportunidad del comercio local para reconectar con los consumidores.
Esta oportunidad de reconexión es más clara en el caso de los mercados de poblaciones medianas en entornos rurales, en los que el protagonismo del mercado como centro de la actividad ciudadana se ha mantenido hasta hoy.
Una parte importante del mercado ha perdido el conocimiento del medio rural. Frecuentemente, este hecho ha ido acompañado de un cambio en los hábitos de consumo y alimentación, que ha provocado el estrechamiento de los canales de venta de los productos locales, complicando la rentabilidad de la producción local y artesana.
Hasta ahora, los consumidores interpretaban que era más cómodo ir a comprar a los grandes supermercados y centros comerciales del entorno y entrelazar la compra con otras actividades de ocio. Solo los compradores de más edad han seguido mostrando una fidelidad sin fisuras a la compra en el mercado, pero no eran suficientes para garantizar la supervivencia de este modelo.
Obviamente hay que separar los grandes mercados situados en las ciudades y aquellos que se han convertido en galerías comerciales alimenticias y que dan cobertura a la población del barrio o aquella que ha sido fidelizada y sigue acudiendo a realizar parte de la compra.
Mientras tanto, existe un interés creciente por la alimentación saludable y la sostenibilidad del entorno. Para satisfacer esta demanda aparecen nuevos formatos comerciales basados en el comercio tradicional pero enfocados a un público con diferentes necesidades. La clave está en cómo conectar con un consumidor que quiere consumir producto local pero no tiene una oferta que se adapte a su vida ni a sus hábitos y horarios de compra y tampoco a disposición de todos los bolsillos.
Los detallistas intentan responder a estas necesidades y anticipar otras, combinando el acceso a una completa variedad de productos locales con el conocimiento de estos, a través de la diversidad de opciones de compra, de pago, incluso de degustación (aprender, degustar, comprar). Su objetivo es potenciar también los productos locales y acercar los mercados tradicionales a los nuevos consumidores.
Algunos mercados intentan ampliar el interés y crear un valor añadido a las personas interesadas en la alimentación saludable, personalizada y la sostenibilidad, a la vez que consigue ampliar este interés por medio de eventos y de acciones informativas o promocionales. La conexión con los clientes y la dinamización es primordial.




